Cena para uno
Me conocía, ese fue el problema. A pesar de haberle repetido en distintas ocasiones de diferentes maneras que no tenía interés en acostarme con ella, me atrapó como a un bicho en una telaraña uniendo mis dos debilidades.
Solíamos sortear entre las casa de los amigos el lugar para ir a tomar, fumar, jugar tonterías, hablar cosas aun más tontas y al final todos quedábamos a dormir hasta que despertábamos lúcidos y capaces de volver a nuestras casas. Sin embargo ese día me tenían una sorpresa preparada.
Cuando ya los últimos guerreros cayeron y todos dormían a nuestro alrededor ella me invitó a la cocina a tomarnos la última copa de vino. Abrió la nevera y se volteó hacia mí con cara de… bueno, para que ponernos con metáforas, con cara de perversa.
Tomó de la puerta un pequeño frasco de tabasco, untó la punta de su dedo índice y colocó una gota sobre la comisura derecha de sus labios. Amo el picante. Me acerqué y besé ese extraño lugar que no es ni boca ni mejilla, acerqué mis labios y absorbí todo el condimento con la punta de mi lengua. Sus manos mientras tanto hurgaban por detrás hasta alcanzar una salsa casera de miel y mostaza, que por el aspecto se veía bastante nueva, colocada dentro de un envase como las que se ven en los puestos de perro caliente; tirando de su franela bajo el hombro izquierdo, estiró el cuello y dejó caer un buen chorro de salsa que empezó a correrle por el cuello, luego la clavícula, se desvió un poco al hombro y comenzaba a bajar entre la axila y el seno cuando empecé a degustarla desde el comienzo. Para poder limpiarla toda debí bajar aún más su camisa dejando al descubierto el borde de su pezón.
Hizo un ademán como indicando que me sentara en el suelo y lo comprendí de inmediato, retiró la mal puesta franela de su cuerpo para develar que no llevaba sostén abajo; dejó al descubierto sus senos, ambos, su abdomen y gran parte de las caderas. Soya ahora, salsa, solo una leve dosis como para excitar a mis papilas gustativas que corría sobre su tronco y yo probaba acuclillada en el suelo. Sin soltar el frasquito negro me acompañó ahora en el suelo, mostrándome lo que sería el plato principal de aquella cena: Wakame. Wakame como la ensalada de algas que se ve en los restoranes japoneses. Desabrochó su pantalón, se tendió boca arriba y comenzó a esparcir la mescolanza desde su pecho y bajando hasta el límite que dibujaba el botón abierto, me alcanzó la salsa que ya había probado y coloqué primero una dosis en el ombligo la cual bebí hasta introducir mi lengua y explorar con ella todo el agujero; luego coloque solo un poco sobre cada hilera de algas y comencé a degustarlas en el mismo orden que ella las había dibujado. Tan escurridizas y dispersas, me obligaron a recorrerla toda, afincándome en ciertas áreas donde al parecer la comida no quería dejar su piel, cuando terminé me tomó con dos dedos por la barbillas y me subió hasta quedar frente a frente, caí sobre ella y nos besamos un buen rato.
Por primera vez pronunció palabras, hermosas cuatro palabras fueron suficientes y no hubo que decir nada más “Ahora viene el postre”. Bajé el cierre del pantalón, tiré hacia abajo, acaricié sus muslos, sus pantorrillas, y le quité las medias. Comenzó a bajar de a poco su pantaleta cuando posé mis manos sobre las suyas y la detuve, antes tenía algo por hacer y decidí tomar el control; percibí un spray con esos que se pintan las tortas de hoy en día y comencé a dibujar sobre sus piernas; hice un duendecito, un par de estrellas y por supuesto escribí mi nombre, el cual me encargué de borrar diligentemente con los músculos de mi boca al paso que eliminaba al resto de mis personajes. Subí la cabeza por entre sus muslos lentamente y al llegar al medio la bese por encima de la ropa interior, luego la halé por los costados y se la quite. Ahora me tocaba a mí pronunciar mis primeras palabras “Puedes seguir, anfitriona.”
Se estiró para alcanzar algo y yo pude ver cada uno de sus huesos: las caderas, las costillas, los omoplatos, los hombros. Al retornar se encogió como un acordeón y con los cuatro dedos se untó el sexo de mermelada. La verdad es que odio la mermelada, pero al momento no me importó, el sabor excesivamente azucarado contrastaba con la amargura del sabor que despedía ella misma, todo un postre gourmet. Metí la cara hasta la nariz, llenándome toda de la sustancia pegajosa; sin duda aclarar la zona no sería tarea fácil pero tampoco lo lamentaba, comencé a recorrer la parte de afuera de su vagina con la lengua a medida que salivaba para poder tragar, con la misma le abrí los labios e introduje la cara un poco más entre sus piernas, sentí como su clítoris crecía en mi boca hasta estallar en un estruendoso orgasmo.
Escuché aplausos, resulta que gran parte de nuestros amigos se habían levantado y se quedaron contemplando el final del asunto. ¡Bravo, el plan funcionó, por fin The Queen te ha comido!








Wao! Rompio el cliche del chocolate y la crema batida no? (;
Tendré esto en cuenta a la hora de llevar a una amiga a una reunión!!!!
Jajajajaja que cosas en ocasiones ciertas personas saben donde aplicar presión para lograr sus cometidos y pues en esta oportunidad fueron tus gustos, gracias por escribir leer tus historias es salir de mi mundo para entrar a otro donde nada importa gracias por un ratito de despeje mental!
Salu2 The Queen V