El clóset
En la vida de un homosexual hay un lugar común, un “cliché”, un paradigma del cual no se puede escapar: El Closet! Hay quienes lo abandonamos un poco tarde (en mi caso yo no salí del closet, más bien lo destruí, para nunca más volver), mientras otros casi no permanecen en él (he estado con muchachitos de 18 años que sostienen haber “dejado” el closet a las 14 o 13), pero así sean 30 semanas o 30 años, todo gay que se precie de serlo y viva en esta sociedad latino-machista, de mentes cerradas y obtusas, con doble discurso “moralista”, ha pasado tiempo metido en su closet.
Yo literalmente solía jugar, de niño, encerrado en los closets de mi casa. ¡Me encantaba! Al ser hijo único, ese sitio me parecía fascinante, pues podía “escaparme” de la realidad solitaria que me rodeaba y entregarme por horas a vivir aventuras, acompañado de mis amigos (imaginarios claro). Quizás aquello era una “señal” inconsciente de lo que me tocaría pasar en mi vida, al menos durante algunos años. Pero esta columna no es precisamente de “ayuda emocional” (aunque si ustedes, apreciados lectores, así me lo solicitan, podemos hacerlo. En mi círculo de amigos, soy el “sicólogo” oficial, de hecho muchos de los cuentos que aquí han podido leer son historias de mi entorno –modificadas por supuesto- pero que llegan primordialmente como asuntos que necesitan ser solucionados, o al menos escuchados). Mis cuentos son “calientes” (como dice mi editora), y el closet no es la excepción.
Tenía mucho tiempo fuera del closet cuando conocí, por internet, a un hombre que me pareció bellísimo y súper divino. Paradójicamente, no era un jovencito (mi manjar preferido), aunque tampoco era de mi edad. Estaba llegando a los 30 pero parecía de 23 y estaba como si lo hubiese encargado a la medida de mis gustos. Luego de chatear un par de semanas, enviarnos fotos y hacer alguna que otra morbosidad por webcam, decidimos conocernos. Nuestro primer encuentro fue público y notorio, un cine, que permite “tantear” el terreno y saber que tanta lujuria produce ver en vivo lo que en fotos y videos nos produce tanto deseo, el “feeling” que llaman. Lo cierto es que hicimos click de inmediato, acordando tener un encuentro más “intimo” a los pocos días.
Ya en el cuarto del hotel, desnudos y ardientes de carne, saliva, sudor y demás fluidos, nos entregamos al sexo desenfrenado y delicioso. Aquel ser de fantasía quería comerme de un solo bocado, parecía que nunca había estado con otro hombre. “Pídeme lo que quieras, yo te complazco” me susurraba jadeando. Pasó largo rato en “veneración” oral, como si no fuese a pasar más nada fuera de esa rica mamada. Al darle mi beso negro especial, casi se me desmaya. “¡Métemelo, métemelo!” decía casi implorando. Imagínense como se puso cuando finalmente se lo metí, creo que vió bengalas y escucho campanas. “Dame duro…así, rápido…que rico!!!” “Ahora dale despacito, afíncate, ahí, ahí!”. Debo confesar que, varias veces debí concentrarme para no soltar la risa, lo cual me hubiese “tumbado” el entusiasmo. Pero no entendía como un tipo tan hermoso, tan apetecible, tan buenote, no tuviese quien lo cogiera. Cuando acabamos (él acabo 2 veces, y en la primera casi me saca un ojo del “chorro”, lo que me confirmo que sus encuentros sexuales no eran muy frecuentes), me pidió que le echara un polvo al menos cada 2 o 3 días, a lo cual accedí feliz de estar tirándome aquel papacito.
Nunca me imagine que me estaba follando a un “enclosetao” como se le dice popularmente. Y el verdadero baño de agua fría me cayó en nuestro 5 o 6 encuentro lascivo. En plena penetración, haciéndole una de mis posiciones favoritas (el taladro, los que quieran una explicación más detallada pueden postearme), aquel adonis de ojos grises, rubio, de piel bronceada y cuerpo escultural me dijo, casi a punto de eyacular: “Quiero que me cojas así, duro, rico, como ahora lo estás haciendo, pero que nos vea MI ESPOSA!"
#DemasiadoClosetPaMiGusto
Historia verídica y propia, por eso no hay nombres.







