La oficina

Si hay un lugar donde todos en algún momento hemos tenido la oportunidad de experimentar alguna aventurita sexual, es en nuestro trabajo.  Y aunque muchos repitan la trillada frase “Yo vine a trabajar y no a hacer amigos”, nadie le saca el cuerpo a tener un compañero “carnal” en la oficina.

En mi caso, he tenido varios episodios “lujuriables” (lujuriosos+laborables), sin embargo solo contaré el último, que me pasó hace varios años, recién llegado a la que todavía es mi  oficina.  Tenía como 7 meses trabajando cuando un amigo (diferente al que sería mi fuck-partner laboral) me invita a una de las típicas “picadas de torta” de oficina.  Ahí conocí a Oscarcito.  Si bien ya lo había visto por los pasillos (su departamento quedaba lejos del mío y no tenían absolutamente ninguna relación), ni siquiera le había escuchado la voz.  Pero esa tarde, quizás por la estimulación de la azúcar o por las birras que nos fuimos a beber saliendo del trabajo, Oscarcito me contó casi que toda su vida.  Con apenas 22 años estaba recién casado, casi al graduarse de Contador, vivía en no-me-acuerdo y otras cosas que me importaron poco, por no decir que nada.  Lo que si me interesó fue la manera en que me miraba, con ojos de morbo, aunque trató de disimularlo.

Los días siguientes el trato entre nosotros se hizo más frecuente.  Por las características de mi cargo, me tocó trabajar un sábado en la oficina.  Con la evidente molestia y fastidio que significaba sacrificar la mitad de mi fin de semana, fui a cumplir con mi labor lo más rápido posible.  Ya estaba casi listo para irme cuando me tropecé, yendo al baño, con Oscarcito.  La soledad sabatina de la oficina nos despertó el morbo en un segundo.  Nos metimos en la única cabina del baño de hombres (el resto eran urinarios) y le dimos rienda suelta a nuestra lujuria desenfrenada.  Apenas asomé mi miembro, Oscarcito lo devoró como si fuese comida y él un indigente.  Me lo chupó casi que con devoción, lamiéndome hasta las bolas.  Luego se subió a la poceta para que yo lo pusiera a gozar con una de mis especialidades:  mi beso negro especial!  Oscarcito gemía y jadeaba como si fuese multiorgásmico, su culito rosadito y depilado (lo cual debo confesar que me sorprendió) se contraía y dilataba frenéticamente.

“Métemelo por favor” –me dijo suspirando.  “Verga príncipe, no tengo condón aquí”.  Entonces me pidió que le metiera los dedos, mientras adoptó una posición de contorsionista que le permitió mamármelo al mismo tiempo.  “Dame tu lechita rey, la quiero en mi boca”.  Aquella frase fue música (electrónica) para mis oídos.  Al complacerlo con ese manjar blanco y caliente, él también acabó, sacudiéndose como si en su vida hubiese tenido un orgasmo.

“Cómprate un dildo y dile a tu esposa que te lo meta”, le dije a manera de chiste.  Oscarcito me confesó que se caso por presión familiar, que yo era su tercer polvo y que su vida era una condena.  Tranquilo papa, le respondí.  Yo haré tu vida más feliz, al menos sexualmente.

Al menos una vez por semana cumplíamos religiosamente con nuestras folladas de oficina.  Rotamos los baños, lo hicimos en la sala de reuniones, en el depósito y en el archivo general.  Y a diferencia de la primera vez, la penetración se consumó, condón de por medio, en todas las demás sesiones.  Oscarcito salía siempre con una sonrisa de oreja a oreja.  Mientras yo disfrutaba de mi terapia morbosa para desestresarme en la oficina.  Al menos hasta que Oscarcito renunció.  Pero esa fue, como diría mi jefe, una relación ganar-ganar!

Historia verídica y propia, nombre falso del “inocente”.

@DjPelon1

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