Giros de sorpresa
Habían quedado en verse en el bar de la cuarta avenida a las cinco, y durante todo el día lo que hizo fue alucinar con el momento de verla, rozar sus afelpadas mejillas y besar sus labios carnosos. Primero los de arriba.
Le tenía una sorpresa a su amada, iban a comer helados, a una cata de vino y a un hotel; toda una cita de maravilla. Sabía de qué sabor quería su postre, la hora exacta para empezar con la bebida y el perfecto destino final en donde le quitaría toda la ropa dejando su figura desnuda, sentiría el olor de su piel y el sabor de sus senos. Durante el trayecto se abstrajo en los pensamientos más obscenos aunados a la expresión de su novia frente a tal sorpresa.
Llegó a las 4:30 pero no quiso delatar su entusiasmo con mensajes o llamadas así que esperó tratando de controlar la ansiedad hasta la hora acordada. Cinco en punto, llamada entrante, plan cancelado. En teoría por un retraso que le impidió aparecer a tiempo se desmoronó todo el itinerario, y excusándose con una propuesta para salir al día siguiente se despidió apuradamente.
Al trancar el teléfono tuvo que sentarse en la primera superficie horizontal que considerara apropiada, estaba absorta, triste y decepcionada; encendió un cigarrillo y pensando en todo lo que esperaba para esa tarde decidió hacerlo con o sin la compañía, o bueno, al menos la parte que se podía.
Llegó con calma a la heladería donde degustó un sinfín de sabores hasta dar en el clavo, lo pidió en tinita y agradeció con una sonrisa, prefirió comerlo caminando así que emprendió su ruta al restaurant donde tendría lugar el abuso etílico, no sin fumarse otro cigarrillo antes de entrar. Dio el nombre de la reservación –“¿Para dos?”-“No, esta noche será para una”.
Se sentó en la barra para no sentirse tan sola y escuchó con atención al moderador que explicaba la procedencia y composición de cada uno de los vinos a degustar. Ocho para ser exactos. El caballero enflusado ofreció instrucciones sobre cómo oler y saborear los licores, también de cuando debían tomar un poco de agua o comer alguna galletita; por lo que podrán ver, era imposible no disfrutarlo.
Al salir se presentaba el embrollo, pues la última parada sorpresa no planeaba pisarla pero aún no quería irse a casa a pensar en todo lo que había sucedido. Notó que sobre el café de enfrente había una librería aún abierta, así que se apuro a subir y entrando sigilosa preguntó a dos chicas en el mostrador si estaba abierta; estas asintieron con una sonrisa y la invitaron a pasar adelante. Cogió un libro y se sentó a leer.
No comenzaba el segundo capítulo cuando una de las bibliotecarias se acomodó a su lado buscándole conversación, le comentó que le parecía extraño pasar un sábado por la noche en una biblioteca, y entre cuentos tantearon que tenían mucho en común. Era una joven atractiva e indudablemente gay, además era interesante y el tiempo hablando con ella pasó volando. “Ya tenemos que cerrar”, gritó la otra desde la recepción, pero la bibliotecaria ofreció quedarse ahí un rato más con la condición de cerrar ella perfectamente el recinto de lectura. No pasaron mucho tiempo solas antes de comenzar a besarse con mucha pasión.
Ambos pantalones a las rodillas y la ropa interior de ladito, tuvieron sexo entre textos de los más reconocidos autores y de los más auténticos olores. Del cómodo sofá donde se había sentado a degustar su libro, al piso alfombrado, degustó mucho más que libros, y permaneció ahí tendida en un delirio de orgasmos hasta que el vicio la llamó a fumarse un tercer cigarrillo.
Salieron de ahí juntas y separaron sus caminos cuando fue necesario. Al día siguiente el teléfono no paró de alertar que su novia la buscaba como loca, tal vez para disculparse, o tal vez para reclamarle alguna estupidez; sin embargo ella no podía contestar, estaba en la biblioteca.







