Dulces sueños
Teníamos una fiesta ese día y como de costumbre decidí quedarme en casa de Martha, éramos mejores amigas desde que recuerdo y compartíamos casi todo. Fuimos todo el colegio juntas desde cuarto grado y ahora que empezábamos la universidad habíamos escogido la misma, así que las cosas no habían cambiado mucho. ¡Éramos inseparables!
Mi hermano me dejó ahí alrededor de las seis, llegué y nos pusimos a charlar un rato, una hora después decidimos comenzar la fiesta. Nos servimos un par de rones y nos arreglamos, intercambiamos ropa y maquillaje mientras escuchábamos música de fondo, nos vestimos mientras bailábamos y antes de darnos cuenta se había acabado la botella así que concluimos que ya era hora de partir.
Era un cumpleaños, creo. Al llegar ya todos estaban compenetrados y animados así no dudamos en unirnos a la celebración; la pasamos excelente, conocimos gente y nos reímos a carcajadas hasta que mi cara verde de borrachera y los rayos de sol que se asomaban marcaron la pauta para irnos a descansar. Dando tumbos logramos llegar hasta su cuarto y nos acostamos a dormir. Sé que me quité los zapatos, lo recuerdo claramente, después de eso no recuerdo más.
Dormía de lado aferrada a una almohada como tratando de mantener la estabilidad que el mareo me quitaba cuando sentí que su mano me rodeó la cintura, bajó por mi abdomen con delicadeza y comenzó a acariciar mi pelvis y la parte superior de mis piernas. No quería abrir los ojos, su delgada mano se coló bajo mi camisa hasta alcanzar mi seno el cual apretó con una firmeza excitante, creo que suspiré, su boca se acercó a mi cuello con un beso que no era más que el preludio al mordisco que vino después, con un gemido escapado acerqué mis caderas a las suyas. Su mano descendió rápido y me apretó contra ella con un deseo que jamás había sentido por parte de mi novio, la única persona con la que había tenido sexo. Fue entonces cuando no aguante y me di la vuelta.
Frente a frente sentía su nariz rozando la mía, abrí los ojos y la vi como nunca antes la había visto, estaba hermosa, transpirada y jadeando; me tomó por la quijada con ambas manos y me besó con lujuria, mientras mordía mis labios me apuré a desvestirme; ella hizo lo mismo. Nunca había visto a una mujer desnuda a parte de mi y en el peor de los casos a mi mamá por algún desafortunado error; su piel estaba bronceada por el sol y conservaba las marcas del traje de baño que le habían regalado semanas atrás, sus senos eran muy distintos a los míos: eran grandes, firmes y con los pezones de otra tonalidad. Bajó con su lengua hasta mi sexo, el cual recorrió sin premura; con una mano me apretaba las piernas, la otra la deslizó hasta adentrarse en mi cuerpo regalándome un orgasmo.
Cuando fue mi turno le di la vuelta con confianza colocándome sobre ella, traté de imitar la pauta que había marcado y me dispuse a hacerle sexo oral. Aquello no sabía cómo nada que hubiese probado antes, su vagina tampoco era ni similar a la mía, me quedé un rato admirando eso que aunque tan familiar se me hacía tan nuevo, e imitando sus movimientos la penetré con la mano. Nunca había conseguido tener más de un orgasmo, sin embargo aquí iba por segunda vez.
Nos besamos, nos tocamos, nos conocimos como nunca antes en todos estos años, sudamos y compartimos cualquier clase de fluido que nuestros cuerpos emanaran. Al sentir el tercer orgasmo no pude más, gemí tanto como mis pulmones me permitieron y… ¿desperté?
Al abrir los ojos estaba aún aferrada a esa almohada, con la misma ropa que me había puesto a las siete para salir. Percibí su risa tornándose en carcajadas y giré violentamente, la miré con cara de dimensión paralela sin entender nada y me dijo “¿Qué pasó marica, sueños húmedos?”.








Miercoles si esa vaina me llega a pasar a mi me muero........